Nunca habíamos llegado tan lejos “La etapa de los asesinos”

Nunca habíamos llegado tan lejos

“La etapa de los asesinos”

 

Los orígenes


Mayo de 1910

A dos meses del inicio de la octava edición del Tour de Francia, Alphonse Steines llega a los pies del puerto del Tourmalet, en los Pirineos, al volante de su vehículo.

Trabaja como periodista en la revista L'Auto y está a cargo de la planificación del recorrido del Tour de Francia. Hace ya tiempo que le ronda una idea la cabeza: saber si, en la próxima edición y por primera vez, se puede hacer pasar a los corredores por los Pirineos. Hasta entonces, nadie se había atrevido a intentarlo.

A 4 kilómetros de la cima, la nieve le obliga a seguir a pie. Quiere llegar a la cumbre antes de que oscurezca. De regreso al coche, la densa niebla que se extiende al caer la noche le impide ver el camino. Avanza a tientas unos metros para encontrarlo y acaba resbalando y cayendo por un barranco.

Cuando lo rescatan a las 3:00 de la madrugada, está aturdido pero seguro de su hallazgo. Al día siguiente se apresura a enviar un telegrama a Henry Desgrange, el director del Tour: “Tourmalet atravesado. Stop. Muy buen camino. Stop. Perfectamente transitable. Stop. Firmado Steines”
 
Dos meses más tarde, el 21 de julio de 1910, a las 3:30 de la madrugada para ser precisos, la décima etapa de esta edición del Tour de Francia toma salida en la Rue d’Etigny de Bagnères de Luchon. A los 59 corredores que siguen en liza les espera una etapa difícil de 326 kilómetros. Con nada menos que cinco puertos en la primera parte del recorrido, además de 170 kilómetros de llanura interrumpida por un pequeño puerto, ya en el País Vasco francés y antes de la llegada a Bayona, la etapa da miedo.
Subiendo el Aubisque, el último gran puerto de los Pirineos, exhausto pero consciente del trayecto que aún le queda por recorrer, Octave Lapize increpa al coche de la organización pronunciando unas palabras que ya forman parte de la leyenda del Tour: “¡Asesinos! ¡Sois unos asesinos!”. “La etapa de los asesinos” había nacido.

 

Acostumbrarse a la oscuridad


Miércoles 20 de junio de 2018 - 3:30 de la madrugada - Bagnères de Luchon - km 0.

La pequeña localidad termal situada a los pies de los Pirineos aún duerme profundamente. Al igual que hicieron los corredores de la edición de 1910, llego en bicicleta a la Allée d'Etigny, que es el punto de salida. El tintineo de mi rueda libre resuena en el silencio de la noche. Corre un aire fresco cuando doy inicio a esta dura y larga jornada. Hace 108 años, eran 59 los corredores que tomaron la salida de esta etapa del Tour de Francia que después se convirtió en mítica. Hoy estoy yo solo. Hasta ahora nunca había tenido la oportunidad de rodar por los Pirineos; mi bautismo va a ser memorable.

Doy mis primeras pedaladas hacia las 4:00 de la madrugada. La temperatura sigue siendo fresca y no hace viento, lo cual es de agradecer sabiendo que durante el día hará calor. Salgo rápidamente del pueblo, dejando atrás las farolas encendidas, y enseguida llego a los pies del primer puerto, el Peyresourde. No hay nadie, ni un solo coche, cero ruidos. Solo mi bicicleta y yo.

Pienso en todos los ciclistas que emprendieron esta travesía con una pesada bici de acero y a piñón fijo, mientras que yo corro con la nueva generación de la Xelius SL. Una bicicleta de apenas 6,8 kilogramos con transmisión electrónica y un sistema de iluminación superpotente.

Para mí, no es solo una novedad pedalear por los Pirineos, sino también hacerlo de noche. Cuando los primeros porcentajes serios se hacen sentir, descubro nuevas sensaciones. Oigo mi respiración, que sigue el ritmo del pedaleo, el ruido de la transmisión y los cencerros de los rebaños que vislumbro en los prados que se extienden junto a la carretera. Mis sentidos están alerta y la bicicleta es solo un pretexto para descubrir un entorno mecido por la oscuridad. El cielo está despejado y las estrellas brillan.

Me he hecho una imagen mental del recorrido y lo he dividido en dos partes: la etapa de los grandes puertos hasta el Col de l'Aubisque y la parte llana, con sus valles, hasta Bayona. La noche no me deja aún disfrutar plenamente de los paisajes que se dejan entrever y que me impaciento por descubrir, pero por otro lado temo esa segunda parte, la llana, ya que me la imagino calurosa y monótona. El día será largo y duro, lo sé, pero también bonito.

Después de una hora sobre el sillín, ya estoy en lo alto del Peyresourde. Todavía es de noche y decido hacer una parada en el hito que indica la cumbre a 1563 metros de altura. Me pongo un cortavientos y me sumerjo en la oscuridad del descenso.

 

La majestuosidad de las cumbres


Puerto de Aspin - km 49 / 2 h y 27 min de ruta / 1730 m de desnivel acumulado

Después de un descenso prudente, vislumbro las primeras luces del día en las inmediaciones del Col d'Aspin. Cuando el camino vuelve a empinarse, el alba revela poco a poco los magníficos paisajes que serán el telón de fondo de la jornada. La montaña expone tímidamente sus tesoros a medida que se aproxima la cima. Quiero disfrutar del momento en el que el sol vuelva a tomar el mando sobre las cumbres aún nevadas.

Después de 2 horas y media de carretera, llego al puerto de Aspin. Me paro, me apetece contemplar el paisaje. El día despunta, el espectáculo es magnífico. Las cumbres están al alcance de mis manos. Con el Pic du Midi a lo lejos, aún cubierto de nieve, admiro la vista panorámica con las nubes casi siempre de guardia.

 

Tourmalet – km 79 / 4 h y 5 min de ruta / 3000 m de desnivel acumulado

Si hay un puerto más emblemático que el resto, ese es el Tourmalet. Sé que será subiéndolo cuando sentiré que estoy realmente en la “etapa de los asesinos”. ¿Cuántas veces habré visto la famosa estatua de Octave Lapize en la tele? ¿Cuántos ciclistas orgullosos de su hazaña habrá visto pasar? Será solo una etapa, pero tengo muchas ganas de plantarle cara.

El inicio del puerto es bastante clemente. Todavía es temprano y apenas me cruzo con gente. Rápidamente los porcentajes se acentúan. Sé que es uno de los puertos más duros del día, así que dosifico el esfuerzo. Tras más de 10 kilómetros de ascensión, llego a La Mongie y me doy cuenta de las dificultades a las que debían hacer frente los corredores de la época. Allí donde los rebaños de ovejas pastan a sus anchas, la altitud se deja notar, los ventisqueros jalonan la carretera y las pendientes no bajan del 9 %.

Durante el ascenso iba en mi burbuja, pero la llegada es bastante folclórica: rebaños de llamas acompañándome en los últimos metros y una horda de holandeses que ha peregrinado hasta allí a pie o en bicicleta, lo cual crea un ambiente bastante agradable propio del Tour de Francia.

Me dejo llevar por el espíritu festivo y decido parar en el bar-restaurante del puerto para tomar un refresco. Con gran sorpresa, descubro que en el interior hay un pequeño museo, un viaje en el tiempo a través de carteles antiguos, fotografías y bicicletas de época colgadas de la pared. Me imagino por un momento a lomos de esas monturas ancestrales, recorriendo caminos sin asfaltar...

 

Puertos de Soulor y Aubisque – km 146 / 6 h y 42 min de ruta / 4380 m de desnivel acumulado

Una vez pasada la emoción del Tourmalet, retomo mi aventura. El calor se hace más presente y, con él, empiezo a sentir los primeros signos del cansancio. A su vez, se instala una cierta rutina. Desciendo hasta el valle, donde la vegetación abunda antes de hacerse menos densa, hasta casi desaparecer del todo a los pies del cuarto puerto del día: el Soulor.

El puerto es largo pero los porcentajes son menos pronunciados. Inmortalizo la llegada a la cima, pero esta vez decido parar poco tiempo. En apenas 30 minutos cubro los 7 kilómetros que hay hasta la siguiente cumbre, el puerto de Aubisque. Allí decido hacer una pausa para avituallarme antes de volver a zambullirme en el valle.

Acabo de concluir la “primera etapa” del día, la de los puertos. La segunda parte de la aventura comienza adentrándose en las grandes y onduladas praderías que se extienden hasta Bayona.

 

La llanura, entre el calor y el cansancio


Laruns - km 164 / 7 h y 6 min de ruta / 4380 m de desnivel acumulado

Laruns está al final del descenso del Col de l'Aubisque, y es también el punto de salida de la segunda parte del recorrido. A primera hora de la tarde, el calor es intenso cuando llego a la pequeña plaza del pueblo.

Ya estoy en la parte que más temía: largas carreteras expuestas al viento, un calor sofocante (el cuentakilómetros marca 34 °C) y pequeños montículos que se suceden y rompen el ritmo. La monotonía se va instalando progresivamente antes de dejar paso a una lucha contra mí mismo. Me reactivo y a menudo pedaleo de pie para marcar el ritmo y olvidarme del dolor.

El tiempo pasa y la carretera y sus líneas rectas avanzan a través de los campos de forma menos lúdica que las cimas recorridas hace apenas unas horas. Por otro lado, el tráfico es más denso, los coches están más presentes. Con la fatiga, estoy menos lúcido y agradezco la seguridad que me proporcionan el GPS y el radar Garmin Varia, que me avisa cuando se aproxima algún coche por detrás.

 

Puerto de Osquich - km 2050 / 9 h y 58 min de ruta / 5023 m de desnivel acumulado

El puerto de Osquich es la última dificultad de la lista, pero a 70 kilómetros de la llegada a meta, siento que las fuerzas flaquean. Hago otra pausa para estirar los músculos, beber agua y comer un poco. El calor y las horas de sillín cumplen lentamente con su labor de desgaste. De vez en cuando me rocío con agua la cara, la nuca y las piernas. Me las noto pesadas, y entonces pienso en los primeros instantes de la travesía, en el frescor matinal y la emoción que sentía, y tengo la impresión de que ha pasado mucho tiempo. Cada cuesta, por leve que sea, se me hace eterna y tuerzo el gesto a menudo. Esas pequeñas subidas que normalmente se superan con facilidad se convierten en pequeños puertos duros de escalar y en los que no me queda otra opción que ir a molinillo.

 

Bayona, la liberación


Bayona – km 318 / 12 h y 12 min de ruta / 5800 m de desnivel acumulado

Se acerca el final del día y de mi aventura. A partir de ahora, los carteles que indican la dirección de Bayona se suceden y entonces me doy cuenta de que voy a alcanzar mi objetivo, así que se me levanta el ánimo.

Gasto las últimas fuerzas que me quedan, estoy entusiasmado viendo que el desenlace de mi aventura está muy cerca. Siento cómo poco a poco se adueña de mí ese estado de ánimo tan particular, ese que solo se tiene cuando se sobrepasan los propios límites, cuando se supera una prueba. El dolor se olvida, las fuerzas vuelven y siento que avanzo solo.

Recorro la orilla izquierda del río Adour hasta la entrada de Bayona. Paso junto al cartel rectangular con el borde rojo que marca la línea de llegada del día. Lo contemplo y no puedo evitar tocarlo.

Más de 12 horas de esfuerzo, casi 320 kilómetros y cerca de 6000 metros de desnivel positivo en el cuentakilómetros. No tengo palabras para describir lo que siento, pero sí un recuerdo para aquellos hombres que, en 1910, fueron los primeros héroes del ciclismo.

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